Soy quien soy gracias a que autogestiono la posibilidad de poner a la venta objetos de culto. Si, claro, yo tuve en subasta on line el miembro viril de Rasputín, conservado en formol durante 9 décadas. Soy el mejor. Y los hechos lo corroboran.
Quién, finalmente, se quedó con el talismán cuasi erecto? Aleksandr Guélievich Duguin, más conocido como Alexander Dugin. El ideólogo moderno de la teoría Eurasianista, y promotor filosófico del regreso de la Rusia Imperial, un susurrador en el oído de Putín. Fue, tal vez, mi venta más lucrativa. Un éxito muy difícil de igualar. Pero para el comprador no obtuvo el resultado esperado.
El 20 de agosto de 2022, a las 9 PM, en las afueras de Moscú, cerca de la aldea Bolshiye Vyazemy, estalló un artefacto explosivo instalado en un Toyota Land Cruiser, matando a Darya Dugina, la hija de Alexander Dugin. Los efectos del asesinato aún están por verse. Los efectos del talismán pueden verificarse como inversamente proporcionales a los buscados. La leyenda de la inmortalidad de Rasputín puede haber generado la reacción contraria en los actuales poseedores de su miembro.
Por mi parte, como nunca busqué estar imantado de las leyendas y embrujos de los objetos que comercializo, aún estoy alive & kicking. También porque no me entrometo en asuntos ajenos y en ruido político. Llegué a obtener la confianza de Dugin, porque es el inspirador del fascismo que boga por la unión mundial de los populismos de derecha e izquierda. El contacto lo hizo el argentino Carlos Maslatón, a quién conocí en la Universidad de Belgrano, cuando yo insistía en cursar Ciencia Política, y el ocultaba su trabajo para la SIDE, como estudiante de abogacía en la UBA y visitaba universidades como líder de UPAU. Si quisiera, podría escribir un tratado de dos tomos sobre la double face de los políticos a los que frecuenté. Pero, como dije, prefiero tener mi piel conteniendo a mis órganos por un largo rato más.
Soy quien soy porque le vendí las manos de Perón a María del Carmen Franco y Polo. En ese submundo estoy arriba de todos. Ahora si. Vienen a mi. Quieren objetos de culto? Yo soy Houdini. Mi chistera no tiene fondo. Me escriben veteranos curadores del Partido Autonomista. Quieren saber si es verdad que tengo para subastar el ojo de vidrio del Sargento Chirino, el matador de Juan Moreira. Todavía no les he contestado. Los pongo un poco en hervor para aumentar la ansiedad y, por consiguiente, el precio. Pero, lo tengo. Y el famoso facón de Moreira, el que le regaló Adolfo Alsina, con sus ensangrentados 84 cm de largo, robado en 1932 del Museo de Luján, aunque aún se exhibe en el Museo de Lobos una réplica sin aclarar que no es el original. Veremos. Ambos objetos en conjunto pueden valer una fortuna.
Estoy embriagado de soledad. Me atrapa como una voluptuosa mujer. Toma mi cuello entre sus gloriosas piernas. Por qué gozo de la soledad? No lo sé. Puedo arriesgar una respuesta. Necesito espacio. Mucho espacio. Si no lo tengo mis ideas inician un proceso infeccioso. Comen sobre los lados de mi aracnoidea. Se llevan el periodo azul de mis escritos al cielo de los tímidos. Los que no arriesgaron mueren una y otra vez. La muerte no los quiere. Y los lanza, una vez más, a la desventura maldita: vivir en la incertidumbre de lo que hubiera sido. No hay cielo posible para el antecopretérito de subjuntivo para el sujeto yo del verbo ser. Hay un infiernito de LEGO, solo apto para infelices plásticos, que se cuidaron del ridículo, mientras el mundo seguía girando ridículamente. Cuando estoy solo, como odio el alcohol tomo alcohol. Porque si me pongo violento sólo daño al idiota que vive en mi cuarto, arriba del ingreso a la médula, que comparto con John Malkovich. Al segundo vaso de 100 Pipers, ruedo por la alfombra hasta las puertas de la percepción. Ahí me espera Scott Weiland con Sure Girl, apresurados por traducir la Vasoline al ruso. Alguien en la sala de grabación del sur de Francia me habla de la Tartaria perdida en la historia oficial de occidente. Adam Ant me dice que faltan mil años de historia, entre la Alta Edad Media y la Baja Edad Media. Insiste con que los Tártaros dominaron Europa del Este y fueron superiores a Germanos, Galos y Normandos, al Sacro Imperio Romano y a Bizancio y que yo soy responsable de contarle a los chicos de Brasil la verdad. Ahora le lanza una bola curva a Grace Jones que me habla con su culo. Los gluteos se mueven y dicen en un parloteo francés: "Todo ya está escrito. Las ideas originales las desperdició Dios en la creación del punto G". A continuación desde su Monte de Venus inicia un juego de luces y se escucha en off "Ladies and Gentleman... Emerson, Lake and Palmer".
Estoy otra vez en el episodio gris. Cómo, de dónde y hacía dónde pasan a ser incógnitas. Se repite la escena de los científicos y sus preguntas. Solo que ahora, es la doctora vestida como doctora, la que se adelanta y me acerca una voluptuosa carpeta. Me dice que si soy aficionado a la historia, me tengo que comprometer a leer toda la data que contiene lo que me acerca. Me asegura que tiene que ver en su totalidad conmigo y que rescataron del olvido registros muy determinantes. Entre los documentos hallados se encontraba el primer diagnóstico de TID, realizado por el alemán Eberhard Gmelin. Leo con atención. También hay una serie de pasaportes con mi rostro a través de los años de diversas nacionalidades. Mientras suena Tulsa Time de Eric Clapton, creo que voy a blanco nuevamente.
Gasté todo lo que tenía ahorrado en Turcas y Caicos en una pieza harto sofisticada...y comprometida. Y en recompensar al que me pasó el contacto.
Ese dato lo obtuve de Rocket Man, a quien conocí en Houston, cuando me crucé con los dobles de la película Boogie Nights. En esa ciudad Rocket me presentó a Kid Rock, a quien le canjeé una pipa de crack de 50 Cent- que le gané en un Poker abierto al chofer negro de Viggo Mortensen- por un corpiño de Pamela Anderson...usado.
Es todo tan grotesco, que cuando me siento a tomar un ristretto en Piazza Umberto I, en Capri, con mi amigo Louis Cypher, me suelta sin preámbulos que la mujer de negro, la noche anterior en la barra de Scambisti, era del FBI. Realmente están convencidos de que tengo El Grial Nazi? La fama trae bienestar al narcisismo básico, pero genera anhelos en derredor que no pueden satisfacerse con facilidad. Si tuviera la Cruz de Malta que lucia el Fürher estaría rodeado de guardaespaldas y fanáticos sin control. Una pieza, que a su vez poseía la cruz gamada labrada en el centro. Tal vez la tenga. Maybe. Pero no hago publicidad de ello. Valor? Incalculable. Hasta puedo tentarme y ofrecerla en subasta privada en la Deep Web, en acuerdo cerrado con los líderes neonazis de cada país. Y hay mínimo, una docena de ellos. De hecho, me piden el listado original de los "12.000". Si, 12.000 nombres completos de alemanes y argentinos que transfirieron dinero y joyas a Buenos Aires desde Alemania, saqueados a judíos europeos, y luego depositados en el Credit Suisse. Por supuesto si tuviera ese documento sellado en la embajada de Alemania en 1943, sería pretérito perfecto en cinco minutos. Aún hoy continuan sembrando de cadáveres los herederos de esos millones las calles de Palermo Soho.
Los más interesados son los herederos de Otto Skorzeny y de Alberto Dodero. Nada más motivador que unir esos objetos con la rama familiar directa de los hábiles trazadores de las ratlines. Ahora yo soy el curador de ODESSA.
De todas formas, la subasta es una formalidad. El objeto esta reservado para Vittorio Mussolini (H), quien me contactó a través del apoderado en Madrid de María Estela Martínez. Soy el vendedor de las fantasías del mundo real. Los gerentes del Imperio Romano, transvestido en Iglesia Católica, usando a los sionistas, que ellos mismos inventaron, como compradores de los símbolos del Holocausto, para complacer a los nietos de los títeres del siglo XX. Por supuesto que nada es así de grosero y gratuito. Soy un legajo más en las oficinas del FBI. Me dejan hacer porque todas las gestiones son grabadas desde el principio. Teatro. Todo es teatro. Gatos y ratones cenan en el mismo restaurant, después de otra agotadora función. El público apenas puede ver los pliegues del verde telón.
Lo supe ni bien la vi. Me iba a llevar al encuentro del tesoro. Pero sospeché que era el peligro vestido de rojo. Se movía de maneras misteriosas. Se llamaba Ellen Naomi Cohen, pero sus amigas le decían Mama Cass o Naomi sin E, y dijo conocer el origen de mis viajes al blanco mental. Agregó que, si le permitía guiarme a un viaje astral, podría eliminar para siempre esas pérdidas de la conciencia que opacaban mi éxito. Curioso, acepté, y de alguna manera loca e incomprensible, me ví parado junto a Robert Johnson en el cruce de caminos. Johnson se encontraba vestido sólo con un pantalón y descalzo. Extrajo de su bolsillo izquierdo una pequeña bolsa roja, de hilo y anudada con un cordón azul. Extendió su mano y me la ofreció con un gesto apenas perceptible. Dijo casi en un susurro:
- Got my mojo working...
Y ya estaba solo otra vez, en esa zona gris, sin Johnson, sin la chica del vestido rojo, sin viaje astral, pero con la bolsa roja en mi mano.






Mysterious ways...Viggo ..Bono y obras de arte de culto de dudoso origen
ResponderBorrarIntrospección hacia lo profundo y universal, el extremo de la existencia crudamente explotado.
ResponderBorrarEl uso (¿abuso?) de lo vedado y al fin hacia la desnudez de una esencia humana, inexplicable débil ínfima, sin poder,e igual para todos. Así lo entiendo.